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Este sábado acabó bien en el teatro Reina Victoria, recordando de la mano de Natalia Millán este libro que hacía tanto tiempo que había leído. Tengo que decir que la actuación, más allá de la maestría de una actriz que te engancha durante más de 90 minutos, me dejó algo desconcertado. Aunque lejano, el recuerdo de su personaje en el texto de Delibes era de una mujer recta y seca, de madrasta de Cenicienta, que poco a poco va sacando una furia entre buenas formas y concesiones a sus dobleces más ocultas. Y sin embargo con Natalia Millán vi esa pequeña reaccionaria que define Mario. O como dice al final su hijo, esa persona, que somos todas, que define la justicia desde sus propios interés. Arbitraria y caprichosa.

Tendría que volver a leer el libro. Quizás encontraría una tercera Carmen. Pero esta segunda se me ha ido haciendo más verosímil este domingo. Posiblemente ese rostro de la reacción sea más entrañable y familiar del que alguien de izquierdas como yo tiene instalado en su mente. Quizás por eso más peligroso e indetectable. Una reacción más amable, que puede casarse con un intelectual aunque le desprecie, que puede preocuparse de sus hijos aunque les desee la muerte antes que una vida de libros, que puede ser beata y al mismo tiempo ansiosa de la infidelidad, que puede hablar de pudor y luto riguroso mientras se deleita entre pensamientos sexuales.

Creo que la lectura del libro me dejó algo político, esa naturaleza contradictoria del reaccionario, de su semilla dentro de la familia, de afuera hacia dentro, y sin embargo la obra de teatro creo que me contaba algo humano, más mezquino e interesado, que está ahí dentro y rompe cualquier cascaron hasta salir. La primera la recordaba como la naturaleza íntima del nacionalcatolicismo, la segunda la tomo como la justificación que se teje en la mente de una persona algo egoísta y reprimida -por la moral que le ha tocado- que trata de sofocar cierta sensación de culpabilidad ante el lecho de su víctima sin opción de reparo. La volvería a ver y a leer.

PS: Quizás el fondo de todo esto es que no hay sincronización perfecta entre naturaleza humana, moral y política. La máquina sufre gaps insalvables entre sus diferentes capas. Terribles en el caso de que la carne, la costumbre y la norma están más que viciadas.

 

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Ultima actualización ( Jueves 17 de Febrero de 2011 22:59 )