Se escucha a algún periodista y a muchos políticos recordar que en estas elecciones nos jugamos las políticas locales o autonómicas. Que elegir sobre eso sería lo racional. Y lo irracional, previsible -y temible- será el voto en clave nacional.
Se olvidan de unos cuantos datos básicos.
El primero es el alto índice de lealtad electoral del votante español. Los ciudadanos se movilizan más o menos según que elecciones, que circunstancias o que candidatura tengan delante, pero casi nunca cambian de partido. Tan es así que los mismos partidos predominan a nivel local, de comunidad y nacional. Si predominaran sobre los debates los proyectos locales u autonómicos, las medidas concretas de los programas o los candidatos sobre cualquier otro aspecto, nos encontraríamos con una gran diversidad de partidos en las instituciones. Lo que no sucede. Por ejemplo uno de los análisis que más se escucha estos días -en la radio- es que el PSOE teme perder la mitad de la fidelidad de su electorado mientras que el PP confía en mantener cotas superiores al 80% -El PSOE, su secretario de organización, decía esta mañana que ya ha recuperado la mitad de esa mitad-
El segundo dato nos dice que los partidos son muy homogéneos -algo que valora hasta cierto punto el electorado- que la crítica interna no es muy amplia -y no puede serlo, porque la crítica es algo que se tiene que apoyar en criterios públicos, de publicidad y de auditorios espaciosos. Ya saben, no puede existir la democracia sin algo parecido a la prensa- Idea que estaría apoyada en la ausencia de primarias en la gran mayoría de partidos salvo en el PSOE -donde también las vivimos como algo excepcional, más como un mecanismo de resolución digamos de puntos de vista diferentes, que como una tradición de elección entre diferentes posibilidades- Por tanto el electorado juzga de una forma altamente homogénea, lo que se hace de forma activa, o se deja hacer de forma pasiva, en un ayuntamiento, en una comunidad o en un país por parte de un partido, porque el político se debe a este -le marca sus límites-
Pero cuidado con esta cohesión, porque el electorado también gusta de los versos sueltos. Entendiendo bien este concepto. No es un friki y ni nadie que se crea que sólo le tiene que tener lealtad a sí mismo y a quienes le vitorean y dedican frescos alegóricos. Un verso suelto es alguien con el suficiente prestigio -de logros y trabajo para su partido y sociedad- y criterio -alguien con una visión del mundo desarrollada- que puede salir a la luz pública a contar sus ideas, aunque estas no sean la propaganda oficial, o incluso sean hasta opuesta. Por ejemplo, un verso suelto no es alguien que se separe de Zapatero aunque no tenga cosas muy diferentes que ofrecer, ni siquiera alguien que haya encontrado un eslogan para posicionarse de forma distinta, sino alguien que tiene un discurso propio que no es el de Zapatero. Es más, el primero lo único que hace es rebajar su imagen y la de su líder, en la medida que dice de sí mismo: yo sigo a alguien a quien no me gusta seguir, porque somos una banda. Mientras que el verso suelto dice: yo sigo al líder aunque en muchos puntos de vista yo tomaría otro camino. Para mi Bono es un gran ejemplo de un buen verso libre.
Y el tercer dato nos habla de una gran renuncia. La que deja en los partidos la elección de sus listas electorales bajo criterios orgánicos y no de utilidad pública. Menos para los primeros puestos a nivel nacional o de comunidad, sobre los que cae el foco de los medios, el ciudadano es indiferente a los miembros de las listas electorales. Y esto se nota mucho a nivel local, donde los medios de comunicación independientes casi no existen -Quizás con la penetración de internet esto cambie, quizás estas sean las elecciones donde las candidaturas locales sean más supervisadas de la historia por parte de los ciudadanos- ¿Esto qué significa? Pues que los ciudadanos se fían de los partidos, o más bien de su ideología, para elegir a sus mejores gestores -Como si las ideologías o los valores compartidos pudieran suministrar un criterio para tal cosa-
Entiéndase, esto no significa que el ciudadano sea tonto. Como mucho podríamos decir que a veces es apático. Porque el ciudadano sí nota cuando una candidatura al final no funciona. Cuando a esos que votó resultan con el tiempo de dudosa valía. Quizás no supo verlos a priori pero a posteriori no les va a ir a votar -a no ser que perciba al adversario como un mal mucho peor que un temporal castigo-
Y por encima de la clave nacional, está la histórica, la simbólica, la sentimental.
Pero no lo entiendan al revés, esto no es una excusa para los malos resultados. A la inversa. Es recordar que lo bueno, los logros de los que todos los partidos viven son nacionales -e históricos- Que los logros locales sólo quedan en la memoria si son transversales a todo el territorio. Y que renunciar a esa identidad sólo transmite el grito de: el crucero fue agradable pero sálvese quien pueda, que el capitán se ha vuelto loco. Que el trabajo del político local y autonómico está tanto en subir la imagen global como la suya particular. Porque vive de ella.
PS2: El último año de Zapatero ha sido más que bueno. Estamos lejos de ser esa Grecia que hoy se hundía más o de ese UK que ha decidido machar el estado del bienestar. Con sus errores -quizás no haber sido más drástico y decidido a tiempo y quizás no haber dejado crecer tanto una economía burbujeante, de la que disfrutaban el socialista más puro con su crecimiento del gasto social hasta el capitalista puro, con su libre economía- el última año debería inflamar a muchísimas candidaturas sobre como se puede ser socialdemócrata con obligaciones de gobierno en malos tiempos y no perpetua oposición con discurso de utopía revolucionaria. Esa llama se debería coger en muchos ayuntamientos y comunidades. En vez de la tonta y acientífica moda de la marca y el candidato.
