Creo que es razonable repartir el sacrificio. Sí, es dura una bajada de sueldo, pero peor es el riesgo constante de paro. Y el presente de los trabajadores no debería estar basado en una decisión inicial, si es que se puede tomar, de ir por lo público o lo privado. Si no también por los resultados generales del sistema. Si la posibilidad de paro para una gran parte de los trabajadores es enorme, las rebajas de los sueldos de los funcionarios no deberían ser un tabú.
SIN EXCUSAS
Claro, se puede pensar, por qué tienen que recortarles a los funcionarios y no a los ricos, especuladores o defraudadores. Algo con lo que yo estaría de acuerdo, pero en otro momento. Porque salir con una medida así me sonaría a huida ciega hacia delante. Con sus problemas.
Perseguir a los ricos desde una tribuna parlamentaria y como medida urgente de la presidencia del gobierno -y no como una reforma impositiva general y justa a largo plazo-, sonaría a caza de brujas populista, e ineficaz. A ocultar un problema sistémico es una parte. Y ahuyentaría aun más la inversión externa e interna. Por no decir que sería una excusa de la que no podríamos vivir mucho tiempo.
Perseguir la especulación, la economía sumergida y el fraude general sería, por sí sola, anunciada como el objetivo principal del decreto, o como una parte importante de la solución, otra medida que empeoraría el panorama económico. Sí, dicen, este dinero sucio representa un porcentaje de la economía general, incluso tanto como el necesario para recortar el déficit. Pero, es que ese dinero no se recupera por decreto. Primero habría que tener la claridad de que una vez convertido en limpio tendrá el mismo volumen y segundo, habría que tener la seguridad de que esa persecución, captura, juicio y aplicación, fuese a tener un efecto inmediato. Sería todo un invento, la justicia financiera inmediata. Única el mundo. Por el contrario, me temo que esta deseable reforma, implicaría tiempo, mucho más del que tenemos, que además, parte del dinero defraudado se perdería en el camino de su limpieza, porque parte de él cruzaría la frontera a golpe de “Intro”, y que al final no serviría para resolver el problema.
Si bien, tener un sistema impositivo justo y una economía sana y transparente, son objetivos fundamentales, no son soluciones que salven el sistema. Si estas medidas son necesarias es por su carácter justo. Y sus beneficios serán un añadido maravilloso si se consigue. Pero no son la medicina del juego del que no podemos bajarnos -al menos yo no sé como- Así, sabemos y aceptamos que el sistema que tenemos es capitalista y que se mueve dentro de un flujo temporal y un contexto que pide medidas ya. Cosa que asumen hasta los sindicatos, recordando que recortar el sueldo frena el consumo y aminorar las inversiones públicas atenta contra la productividad.. Porque acuden al consumo y a la producción, no a la dignidad del trabajador, no al discurso obrerista, comunista o alternativo.
Y claro, si aceptamos que estamos en un sistema capitalista -con mayor o menor ambición de ir reformándolo- sabemos que este rompecabezas va por partes y se interrelaciona por todos los sitios. Bajar el sueldo a los funcionarios, frenará su consumo, pero no bajarlo implicaría subir los impuestos, tanto para pagar esa parte que ahora desaparece como para ese depósito de más que ahora tiene el estado para moverlo. Subir los impuestos implicaría que la otra parte de los trabajadores se sometiesen aun más al riesgo del paro, la injusticia laboral, la explotación, etc. Con lo cual el consumo se ralentizaría más si cabe. Por no decir que la capacidad de inversión pública se vería más mermada.
NO ES BUSCAR CHIVOS EXPIATORIOS, PERO SI EL MOMENTO
No entiendo estas medidas como una venganza ahora que se puede contra esa figura del funcionario vago, que trabaja poco y le da igual la crisis o el destino de la nación. No creo en esa figura, me pasé dos años en TI de una universidad pública, y sé que hay gente competente en lo público como hay gente muy vaga, quizás con una diferente distribución y adaptación con respecto al panorama privado, pero no de una forma categóricamente diferente. Por no decir que prefiero a un médico o un profesor de la pública a uno de un cuchitril madrileño de la privada.
No, no es una venganza, es distribuir la carga. Quizás, ahora con el tiempo justo, sea el único momento que se puede hacer algo así, contra un gremio donde si está implantado el sindicalismo, el sentido de pertenencia a cierta clase, y donde la movilización es más favorable o menos peligrosa que en cualquier otro trabajo.
Antes, sin los golpes de las últimas semanas, quizás no se hubiera podido hacer. Hay que cuidar tanto la estabilidad económica como la social o política. Porque son interdependientes. Por maquiavélico que les suene a los puritanos de los dos bandos. Pero ahora tocaba.
SINDICALISMO DE CLASE, NO DE CLASE OBRERA, SINO BUROCRÁTICA
Recordemos que el funcionario también creció, aunque sea al menos en número de plazas, durante la prosperidad económica. Qué el no es un examen y una casta, sino otra parte más del sistema que formamos todos. Y que por tanto no puede vivir aislado de la coyuntura. Perdón, recordémoslo frente al sindicalismo, porque yo creo que la mayoría de los funcionarios si tienen conciencia de pertener a algo mayor que lo está pasando francamente mal. Porque, su familia esta fuera de la función pública y saben por lo que pasan y porque muchos de ellos sí que tienen conciencia no sólo de trabajadores de un gremio, sino de servidores públicos. Algo que no identifica, tengo la impresión, a los sindicatos que no han esperado lo más mínimo a anunciar huelgas.
Muchos sindicalistas han debido pensar: si no actuamos ahora perderemos cualquier tipo de prestigio. Por no decir, que que perderían su principal red estable de sostén, el empleado público. Pero es que ese prestigio guerrero, hace mucho tiempo que se perdió. Con un 20% de paro ya no vale llamar a la contestación. Con un estado de derecho que los subvenciona, ya no vale. Si adoptaron hace ya, la senda de la prudencia, no parece que ahora valgan cambios.
Primero porque al parado de la privada aumentará sus recelos sobre el sindicalismo, el trabajador no funcionario lo mirará con indiferencia y con cierto amargor si encima tiene que sufrir deterioros en sus servicios, que a veces son tan básicos como poder dejar al hijo en el cole para poder ir a trabajar o ir al médico. Y será una gota más en su distancia sobre un sindicalismo que no entiende porque no habla el mismo idioma que él.
¿Y el trabajador público? Bueno, el funcionario sabe perfectamente como se mueven las redes sindicales en su institución. Si bien, es consciente de que sin ellos se estaría peor, también lo es de que no les mueve ni el idealismo ni la retórica que utilizan. Con una brecha incluso más general que la que tienen los partidos de izquierda entre discurso y acción. El trabajador público seguirá viendo el sindicalismo con cinismo y eso sólo rendudará en una cosa, en que este sindicalismo nunca tendrá su apoyo para reformas mucho más importantes, profundas y arriesgadas dentro del sistema, en aras de algo más justo y menos salvaje. De él espera beneficios proporcionales como espera el inversor de bolsa. No una causa justa en el trabajo o la economía.
EL DILEMA DE LA IZQUIERDA LIBERAL Y LA IZQUIERDA DE CLASE
El sindicalismo y la izquierda, tienen ahora un dilema. Si optan por reutilizar una retórica vieja en una reacción obvia pero suicida. Seguiremos siendo clandestinos, nuestro lugar son las barricadas y lo nuestro es puro sacrificio. Lucharemos contra el gobierno. O si mantienen unos valores originales adaptados a un nuevo panorama: la izquierda como gobierno, el sindicalismo como ente protegido, cuidado, e impulsado por el propio sistema.
El sindicalismo tiene una opción de oro. En la reforma laboral pueden implantar el sindicalismo en todos los ámbitos laborales, como compensación a estos recortes o los que se ven venir en el mercado del trabajo. Puede implantarse como una red difusa entre todo tipo de empleados, que sirva de malla entre el sistema, la empresa, la economía y el trabajador. Puede ser parte de la transparencia y de la denuncia del sistema desde dentro. Pero dudo que la aproveche. Como la izquierda en horas bajas, me temo que tiene más de red clientelar que de ideales. Especialmente en lo público, donde el sindicalista no debe ser un tipo arrojado, sino un buen RRPP. Ójala me equivoque. Ójala el resto del sindicalismo, más arriesgado, les pida un esfuerzo para crecer por otro lado. Ójala.
PS: Para que el sindicalismo se propagase necesitaría un sentido más estratégico de sí mismo. Más global, y no de reinos de taifas, o honorables tribus guerreras con sus propios líderes o intereses. Deberían mirar porque la Iglesia sí se propaga y su alcance no se perdió en los primeras décadas de su explendor. La Iglesia, que nunca le haría una manifestación a la derecha, pero que estaría atenta a que se fuesen cumpliendo ciertas cosas nacidas de los ideales compartidos. Cosas que sólo serían viables con un gobierno afín que ella ayuda a levantar. En fin, Mucho pedir, ellos al menos tienen fe en sus ideales. Aunque se engañen.
Artículo publicado originalmente en el blog: modo explícito
