Sindicatos, empresarios, nacionalistas, populares y socialistas han invertido parte de su discurso público. Para muchos esto puede ser parte de la causa de la gran desafección que generan. Hoy les vendo este discurso y si no les gusta mañana pronunciaré el contrario. Incluso a mi me estaba inspirando un artículo crítico. Pero también veo en ello una oportunidad, que bien liderada puede servir para conseguir una España más motivada hacia un propósito común, que hacia una constelación de ideologías centrífugas que busca más el interés propio que el general.

Porque muchas veces somos prisioneros de los compromisos que adquirimos en busca de nuestros intereses particulares. O de nuestras palabras cuando criticamos a los demás. Con ellas nos comprometemos a ser mejor de lo que somos para conseguir algo o para quedar bien ante los demás.  Porque para poder señalar la impuntualidad de los demás tenemos que saber que ya nunca más podremos llegar tarde.

Repasemos los discursos:

Los sindicatos denuncian el recorte de inversión pública y el recorte de los sueldos de los funcionarios, desde un discurso que nunca ha sido su núcleo ideológico. Hablan desde el punto de vista del mercado cuando piden más inversión –aceptan plenamente la lógica capitalista del endeudamiento y el dinero virtual- y su defensa del sueldo del funcionario se basa principalmente en que el recorte retraerá el consumo –defendiendo el consumismo, lo peor del capitalismo, para una visión altamente concienciada como debería ser la de un sindicalista-

La patronal defiende la reforma laboral en nombre de la lucha contra el paro. Cuando es precisamente este mal social una de sus mayores fuentes de beneficios y poder –especialmente en España por cómo entiende el empresario su negocio en España- El paro es tan bueno para él como la inmigración desregulada. Con una masa de aspirantes mayor a la oferta de trabajo podrán elegir a su antojo entre las personas en las ferias de carne, despreocupándose muchas veces de su formación y su bienestar, podrán bajar los sueldos muy por debajo del valor que aporta el  trabajador, y tendrán en sus manos el alimento que necesita todo gobierno para que el pueblo hastiado no lo tumbe.

Los nacionalistas –de derechas- llevados a la oposición en sus respectivas comunidades, están asumiendo un papel altamente constructivo en el parlamento español. La necesidad de una tribuna pública que les haga aparecer como hombres de estado antes de las elecciones, que ahora no tienen en sus feudos excepto CC, les lleva a ser más responsables que la mayor parte del arco parlamentario. Cuando su misión tradicional es minimizar progresivamente el poder y las fuerzas del  Estado central allí donde ellos puedan asumir responsabilidades.

Los populares han abrazo la internacional socialista. Pons lleva a la cadena Ser su historia personal, citando a su padre pensionista –al menos menta a alguien real, creemos, y no a un abuelo imaginario de la niña de Rajoy- Cospedal se acuerdo constantemente de los pobres y parados.  No firman las medidas de ahorro fiscal en nombre de los trabajadores. Tienen encerrado al neoliberal Montoro en el cuarto de las escobas de Génova y se van de fiesta al folclore catalán en de irse de mitin con Camps.

Los socialistas han –hemos, yo soy un liberal de izquierdas a lo anglosajón en la cabeza, con un cuerpo de socialista español- asumido cierta ortodoxia financiera –Indalecio Prieto ya lo hizo sin problemas ideológicos en la Segunda República cuando le tocó hacer lo mismo- Han asumido unas reglas del juego que sólo estaban permitidas cuando fuesen útiles –cuando estuviesen en el momento bueno del ciclo-para una redistribución justa, para dar servicios y derechos, para producir una riqueza necesaria para la cohesión social, para salvar el espinoso tema de la inmigración y un largo etc. Pero que no estaban permitidas sus variaciones menos favorables, que  en su imaginario histórico se representaba como aquel capitalismo pasado de niños en las fábricas y jornadas de catorce horas.

Esto que podría presentarse como un fracaso intelectual, porque todo ello indica fuertes contradicciones,  yo lo veo como la oportunidad de hacer unos sindicatos más insertos en la empresa privada ejerciendo una función no simplemente de interés del trabajador representado, sino de transparencia empresarial y de información en el debate público. La oportunidad de un cambio en la mentalidad empresaria del país, que no trata solamente de especular levantando edificios como setas, sino que busca hacer del emprendedor un industrial que cuidará su empresa como si fuese un artista con su repertorio. La oportunidad de unos nacionalistas que no solo vean el federalismo como un tribunal de ajuste de cuentas pasadas, sino como una herramienta para ser solidarios en un camino común. La oportunidad de conseguir una derecha más europea, más democristiana y menos neoliberal. La oportunidad de que el socialismo infecte completamente el estado, aceptando que opera bajo determinadas reglas económicas, para evolucionarlo en un sistema que proteja a todos vayan las cosas bien o mal a nivel internacional, porque es un buen jugador.

Aunque esta visión es demasiado optimista para los tiempos que corren. Ya dije al principio que hacía falta un buen liderazgo. Sin él, solo triunfará la mitad negativa, la que hace de toda esta tendencia centrípeta, una mera pose para alcanzar el poder deseado. Para quedarse en el centro con los intereses de una de las periferias y gobernar a todas según le convenga. Vean a Nick Clegg nada más llegar, metiendo una tijera tan grande que hasta el más liberal se habrá asustado. O miren a este PP, votando lo que vota, incapaz de pensar en el futuro del país a causa de que las encuestas le dicen que las elecciones las ganarían ahora, en el centro del huracán.

Pero bueno, lo que hace grandes a los países y a los políticos es aprovechar las oportunidades más complicadas. No está justificado este optimismo, pero no nos quedaría otra alternativa que asumirlo.

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Ultima actualización ( Lunes 14 de Junio de 2010 22:32 )