Y a mí que me parecía raro que se premiara a esos especuladores que llevaron a la quiebra a tantas compañías. Como si fueran a renunciar a sus privilegios por un ataque de moral. Esa que exigían a los demás y que restregaban a los pobres, cuya indigencia se merecían por su indolencia. Como si el haber perdido fuese a insuflarles un momento de autoreflexión. Tonto de mí que pensaba que las cosas bien hechas eran las premiadas y las mal hechas las penalizadas. No, y ellos lo sabían. El premio y el castigo es la fórmula con la que el que tiene el poder, educa al que ni lo tiene ni lo tendrá. Es como le enseña la diferencia entre lo bueno y lo malo al esclavo, feliz ignorante. Pero el premio y el castigo, ahí se queda, entre los de abajo. Porque arriba no reina ni lo bien ni lo mal hecho. Sino el poder por el poder. En una extraña burbuja que puede sobrevivir largo tiempo sin enfrentarse al deber de la eficacia y la utilidad. A la sangre o a la batalla perdida. Que incluso cuando aparece la obligación y el deber de forma inconclusa, se tiene la excusa del que se cree el centro del universo y víctima al mismo tiempo. En España hemos tenido ejemplos. Afortunadamente hasta el mayor poder, tarde o temprano, se enfrenta a sus límites y encuentra que la realidad les pone un espejo en el que ven su cuerpo, que no es ni de guerrero ni de dios, como imaginaban.
Algo teníamos que tener de progreso. Ese choque con la realidad es cada vez más rápido gracias a internet y un mundo de relaciones de poder cada vez más interconectado. También las caídas y sus culpables son cada vez más públicos. Igual que el electro-mercado propaga las crisis, las burbujas, el miedo y la sumisión a velocidad de vértigo, también puede hacer cosas buenas, como eliminar la barrera que se interpone entre el poder y el trabajo útil para los demás. La luz, la conexión y un software al alcance de cualquier constructor. Un internet, una buena plataforma y un buen músculo civil capaz de alzar la voz pueden lograr que un mundo actualizado en milisegundos pueda por fin premiar a quienes hacen algo bien. Y penalizar a los que teniendo todo son incapaces de crecer si no es a costa de poner barreras infranqueables a la información, los contactos o los ladrillos. Internet puede acelerar el choque contra la realidad de esos profesionales del engaño y el ocultamiento. Deberíamos exprimir este poder tan virtual. Para lanzar esta moral de esclavos a los poderosos y sus aprendices. Internet es un arma muy poderosa. Para intentar engañar pero también para liberar. Y para dar paso a una serie de frikis tecnólogos, locos luchadores por los derechos civiles, o políticos de nueva generación por venir, que de momento sólo han dado lecciones de oportunidades para una gran parte de la ciudadanía con sus nuevos modelos de empresa, tecnología y comunicación. Ojalá que también de política.
PS: Con el tiempo ya engendrarán sus propios males. Pero de momento tenemos otros.
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