Desde la Torre de Sauron hasta mi guarida no he podido dejar de mirarla. Espectacular. Como una patata radioactiva colgando de un hilo finísimo e impredecible, a una distancia nada prudente de las cabezas de millares de monos,  muy poco evolucionados para compensar sus defectos de diseño original. No me ha extrañado en absoluto que en nombre de ella se rezara, bailara, se perdiera la cabeza, se sacrificara, se amara, se odiara o se cantara. Sin la ciencia, sin sus imágenes popularizadas mejor dicho, no tendríamos explicación para ella, sólo temor y fascinación al mismo tiempo. Ahora podemos tachar muchas de esas cosas como fantasias primitivas, porque la ciencia que habla de ella funciona en la técnica que usamos aquí abajo. Pero sin ella, difícilmente podríamos sonreírnos de esos antiguos crédulos.


Pero nos reiremos con cuidado. Especialmente de los sacrificados, o de los que entregaron a los dioses celestes la recompensa del buen hacer y el castigo del mal, los impotentes moralistas. Porque algún día, mirarán a nuestro presente y se reirán de el poco conocimiento que llevábamos sobre nuestra vida económica. De cómo nos atemorizaba y nos fascinaba a la vez la economía como antes hacían el sol y las estrellas. De cómo ante una crisis unos apelaban a los sacrificios de los pobres y otros a la justicia de Dios en la Tierra con los especuladores, como antes se hacía frente a las terremotos o tifones. Que sí lo que hace falta es carne humana para aplacar su locura, que sí las desgracias son producto de nuestros pasados pecados.

Algún día la economía no será un problema animista, la información del intercambio, del trabajo solitario y en común, de los planes, de los bienes y servicios necesarios serán cosa de la ciencia y la tecnología. Mientras tanto seguiremos apelando a la confianza, al sacrificio, al esfuerzo, al bien, al mal, a nuestro dios frente a su dios, a la moral y por encima de todo a los tabús. Incluso a Max Weber y al protestantismo. Mientras tanto nada nos permitirá estar a salvo de los licántropos en <a href="http://www.elpais.com/articulo/economia/desconfianza/deuda/Espana/marca/maximo/historico/elpepueco/20101123elpepueco_1/Tes">las noches de luna llena</a>. Salvo los remedios de la abuela: el ajo y la cruz.

 

 

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Ultima actualización ( Sábado 27 de Noviembre de 2010 17:54 )