Pensar que se es más de izquierdas en función de que se defienda la jubilación a los 63, 65 o 67, es tan acertado como identificar el nivel de socialismo de un país en función de su mayor número de funcionarios o empresas públicas.

Si uno echa mano de la historia o la filosofía –para lo que hace falta leer un poco- descubre que la medida de la izquierda está en cómo enfrenta la dimensión humana del trabajo y las injusticias fruto del control que de él tienen unos pocos. Hubo un momento en el que conseguir las 8 horas en la fábrica fue un gran logro en un mundo de explotación, de falta de libertades y de esperanza de vida ridícula. Pero un logro parcial. Como lo han sido las vacaciones pagadas o la jubilación. Fue la mitad de un posible camino socialista, que es que el hombre se realice a través de su trabajo y reciba su valor. Unos ideales que tienen que perdurar a diferencia del camino que recorrieron, que va desapareciendo entre revoluciones tecnológicas y crisis financieras.

Fueron sólo una parte porque fue un acuerdo negociado en el que se hicieron concesiones: el trabajo siguió siendo alienante, duro físicamente, repetitivo, jerárquico hasta la sumisión, continuó eliminando la mayor parte de las facultades humanas a favor de la eficacia de la producción en cadena, el trabajador siguió sin preguntarse por el valor de lo producido y nadie tuvo que responder si se atrevía a hacerlo –porque ahí estaba el convenio-, en definitiva, el trabajo no fue ni fuente  de realización ni valió lo aportado. Se perdió en un maremágnum negociado que tendía hacia lo templado, entre redistribución, necesidades, bienestar, empresariado y mercado. Tenía sus logros indudables, pero era sólo una de las posibles fotografías de la izquierda y el humanismo frente al trabajo.

Que a estas alturas, los progresistas recurramos a esos primeros logros y a un mapa de lo que quedó sepultado, cuando intentamos expresar políticamente nuestros principios, podría hacer pensar a cualquier fiel escudero, que estamos muy locos cuando atacamos molinos de viento con nuestras lanzas. Como si estuviéramos de nuevo en esa negociación originaria. Cómo si el mercado del siglo XIX en Europa se pareciera en algo al del XXI o la mayor parte del XX. Lo que no es el caso si es que la realidad nos importa. Y lo que demuestra que muchas de nuestras mentes más representativas ni se acuerdan de los clásicos -Marx- a lo sumo las novelas escritas a partir de ellos, ni saben cómo operan las nuevas empresas ni las posibilidades que ofrecen a los futuros trabajadores –por no decir que ni huelen las nuevas formas de explotación-

El mercado es diferente y las posibilidades del trabajo más aun. Ahora podríamos estar en la negociación de nuevo para buscar lo originario –la universidad pública y las TI abren un mundo nunca imaginado- Podríamos estar explorando que las personas dediquen más horas a su profesión pero que con ello se realicen –lo que se transforma en más formación, libertad de acción e iniciativa- Podríamos estar en que el trabajo debería ser lo menos penoso físicamente y que si es inevitable, las personas dedicadas a ellos tendrían que ir sustituyéndolo o mezclándolo con tareas más intelectuales y organizativas, a cambio del compromiso de formarse y asumir responsabilidades. Deberíamos estar en que cada persona fuese dueña de su trabajo a través de su emprendimiento, de sus posibilidades reales de crear empresas o de asociarse con otros trabajadores en diferentes proyectos. Deberíamos estar en que la gente siga siendo útil a los 65, 70 o 75 si es que vamos a terminar viviendo en unas décadas hasta los 100, 105 0 110 años. Deberíamos hablar de la flexiseguridad y del compromiso individual que tendría que tener todo trabajador con un programa colectivo de izquierdas.

Pero me temo que preferimos pensar la izquierda desde las 8 horas, desde la pertenencia de por vida a una única y tediosa labor y a una empresa, desde el número de los funcionarios por ciudadano y desde el volumen de las empresas públicas. Algunos pensarán que es la medida de su socialismo o de su socialdemocracia. Pero tengo la sensación que es sólo la medida del olvido de lo que da sentido a nuestros valores: el trabajo pleno, un olvido que demuestra que nuestra respuesta es tan estereotipada como la de un ave que de pequeña tuvo su impronta y la repite sin cesar, ya tenga delante otra ave de verdad o un muñeco de goma. Como sombras al final de la caverna.

 

Artículo publicado originalmente en el blog Prietistas Madrid

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Ultima actualización ( Domingo 09 de Enero de 2011 22:30 )