Viridiana

Llevo tiempo dándole vueltas al artículo 6 de la Constitución, por diversas circunstancias:

Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la ley. Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos.

Y al desarrollo legislativo posterior -que en su día tuve la suerte de que me lo explicara A. una buena jurista y compañera de partido- en el que se reconocen dos necesidades que tienen que sincronizarse:

a) la autonomía de los partidos para dar vida a sus propias formas democráticas -autonomía para que sean un “poder en sí mismos” dentro de un sistema balanceado de poder- y
b) Que sean cauce del derecho que tiene cualquier ciudadano para poder acceder a los cargos públicos. Para poder ser electores y elegidos. Porque ya que el estado deposita en los partidos la capacidad para presentarse a las elecciones por encima de cualquier iniciativa individual, estos se tienen que comprometer a ser garantistas, a velar por unos procesos claros, a no interrumpirlos a conveniencia, a no reinventar las normas sobre la marcha, etc.

Y la verdad es que hay jurisprudencia y algunos en su día se lo creyeron. Pero creo que falta cultura y práctica en el respeto de este derecho ¿Por qué? Si desde la derecha a la izquierda no se cansan de hablar de las personas ¿Por qué estas se quedan en mera espectadoras frente a un derecho tan importante como el político?

Pero es que no sólo se contempla legislativamente, también ideológicamente. El liberalismo hace causa con los derechos de las personas frente a los poderes institucionalizados. La socialdemocracia hace causa con los derechos de las personas frente a los poderes económicos. Los dos redistribuyen ese poder e intentan minimizar a los poderosos. Y siendo estás dos perspectivas las mayoritarias -con todas sus variaciones y malformaciones-, ¿Por qué quedan las personas como sujetos políticos tan rezagadas y ocultas en el papel que le otorgan desde su visión activa del mundo? ¿Por qué la acción sólo queda recogida en los gobiernos o en las fuerzas colectivas?

No lo sé, pero al final, a base de negar a las personas como sujetos políticos, se imponen la visión más extrema, los individuos quedan como siervos/deudores de su patria para unos o víctimas del sistema explotador. Y una rara clase media a la que sólo cabe mirar para abastecerla de servicios y espectáculos. Esa mayoría que a veces se pone remolona y se abstiene y otras veces se moviliza y vota.

Es como si se hubiera producido una renuncia al discurso moral que ataca a las virtudes de cada uno más allá de la corriente a la que pertenece. Como si eso se hubiera delegado a los clérigos, escritores liberales o asistentes sociales.

Ayer podía leer en el ABC una llamada de atención -feminista- que iba en esta línea por otro motivo:

El discurso de la izquierda no deja de sorprenderme. Soy consciente de que hay que controlar la islamofobia de la ultraderecha, pero las respuestas de políticos, intelectuales y feministas de izquierda son inaceptables, erróneas. El pensamiento posmoderno ya no aspira a transformar el mundo, lo acepta tal como es y afirma que el universalismo es europeo y no se debe imponer a otras culturas. La izquierda es incapaz de formular una moral: todo le parece tolerable… La barbarie del burka no hace callar a los corifeos del culturalismo.

¿Falta algo no? ¿pero puede ser este componente “de exigencia personal” y de compromiso público algo político? ¿No acabaría siendo un moralismo meapilas o una guía de comportamiento programada por el estado? No lo tengo claro.

He visto últimamente tres películas que hablan tangencialmente sobre esta cuestión, Viridiana de Buñuel, El Solista y Precious. Con la primera concluyo lo que creo que Buñuel nietzscheanamente quiere decir: que no hay salvación ni para el caritativo ni para el marginado. Los dos precisamente por estar en esa condición -¿O será precisamente eso el castigo?- están perdidos en este mundo, sólo les queda odiarse o despreciarse entre sí, por esa relación que mantienen, que en el fondo es una máscara para el paternalismo, la envidia o el desprecio por uno mismo. Ninguna propuesta de sociedad sana puede girar en torno a ellos, ni al salvador ni al salvado. Ningún futuro hecho de amos absueltos o esclavos redimidos suena natural. Sólo hay una salida sana -y destructiva-: que el primero se revele contra los suyos arriesgándolo todo y que el segundo se alce sin agradecimiento ninguno.

Con la segunda acabo en algo tan simple como no todo el mundo quiere ser curado o cuidado, no todo el mundo quiere ser igual, no todo el mundo quiere que alguien más listo y más fuerte que él le proteja y le diga, o le provea, lo que es mejor para su vida. Para muchos, lo más sagrado es su propia independencia, y más que un sistema que le cuide -en la película, una asistencia psiquiátrica- necesitan un amigo, alguien que les trate de vez en cuando como un igual. Y esa idea me encanta, la de tratarnos como iguales aunque nunca lo vayamos a ser ni lo queramos ser. La igualdad como respeto.

Y con la tercera, llego a un punto en el que cualquier paternalismo sistémico muere. Donde los cheques del estado (EEUU) para los marginados hasta pueden convertirse en otra forma de marginación y dominación dentro de una comunidad y una familia destrozada, sino se cultivan a las personas y se entiende su importancia. Sino se da cabida a su propio crecimiento personal. Al final, es una profesora que con su exigencia logro levantar el amor propio de alguien que no lo tenía. Y ahí encuentro otra idea a guardar: una comunidad que no crea que nadie es sustituible, al revés, que todos sean imprescindibles, es decir, todo lo contrario de esas comunidades que piensan que los individuos son piezas intercambiales, porque el todo es superior a la parte.

Bueno, es una forma de darles vueltas a este asunto. No es rechazar la idea de comunidad, ni de estado, ni de asistencia social, ni de compromiso con la patria. Sino de certificar su defunción cuando no hay exigencias morales entre todas las personas que componen esos micromundos. Dónde cada decisión y cada elección no pueden ser el atajo más corto para el interés más inmediato en nombre de un bien colectivo superior tan abstracto y comúnmente aceptado que no necesita justificarse en ese caso particular. Son exigencias de uno a uno, todos interconectados.

Y vuelto a la pregunta original ¿Esto puede ser político? No lo sé, pero si sé que no es una cuestión privada o subjetica, y que los que escribieron la constitución lo tenían como algo importante. Quizás fue la conciencia que había detrás de la Transición en España. En EEUU con sus primarias, su cercana batalla por los derechos civiles y su activa vida cívica también lo entienden así, que es algo político. Y supongo que se podría extender a muchos más países en momentos determinados.

Habría que escribir una suerte de republicanismo de los ciudadanos virtuosos, algo diferente a la aritmética del gobierno mixto de Cicerón, algo más individualista que el liberalismo, algo más comprometido con lo público y lo común que el socialismo. Un anarquismo parlamentario con sensibilidad social y ambición de progreso. Quizás un imposible.

Habrá que seguir dándole vueltas al asunto.

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Ultima actualización ( Miércoles 30 de Marzo de 2011 22:33 )