Digamos que la República es un leve balanceo de poder mayor que el de una monarquía democrática. Con sus mismas oligarquías. Quizás con un mayor rechazo al vínculo de sangre como guardián del poder organizado. La República sabe que la familia protege y cuida, pero también termina cristalizando y degenerando. Pero no hay gran diferencia entre estas dos formas de separación y unión de poderes, de su visión del “gobierno mixto” ciceroniano. Dónde está la diferencia republicana es en los ciudadanos que se creen tales, que adquieren positivamente una responsabilidad con lo común. Que no quieren ser meros súbditos -telespectadores- La República es el lazo entre individuos iguales y singulares -dentro de un estado- que aceptan -y desarrollan- a través de él, un destino común. Poniendo límites o dando un paso adelante. De una forma activa. La República no es de derechas ni de izquierdas, sino de activos frente a pasivos. Es cosa de ciudadanos romanos, no de aficionados al coliseo.
Y eso no lo da una reforma constitucional dirigida por una añoranza. Sino que lo dan muchas decisiones individuales -sincronizadas- en un momento dado, cuando una bifurcación de caminos se pone delante y toca elegir y se hace.
Del blog Modo Explícito
